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El · Baúl · de · los · Relatos

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Otra mudanza
Sí, estoy dando más vueltas que un tonto. Pero es que en los foros del NaNoWriMo me he encontrado con los enlaces a dos plugins especiales para “escritores”: para organizar proyectos, contar palabras,… y no me he podido resistir. Además, me he acostumbrado a la libertad que da el Wordpress y aquí me "ahogo". Lo único que echaré de menos será lo de los estados de ánimo y la música, pero bueno, también es un engorro pensar en cómo me siento ahora.

El Livejournal aquí se queda, para poder participar en las comunidades en que estoy apuntada y enterarme de las actualizaciones de los blogs/comunidades que me interesan.

En fin, que el Baúl de los Relatos sigue AQUÍ.

Ahora mismo estoy:
creativa creativa
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Adiós amor - Mocedades
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¿Por qué el cielo es azul?
Hace mucho, mucho tiempo, vivía un gran hechicero, el más poderoso que jamás ha existido.

Vivía solo en lo poco que quedaba entonces del Paraíso, dedicándose a experimentar con plantas y animales que nunca hemos visto y cuyos nombres y propiedades sólo nos han llegado a través de las leyendas.

Además no dejaba acercarse a ninguno de los pobladores del resto de la Tierra, a los que consideraba inferiores a él e indignos de pisar “su” Paraíso.

Kalub, que así se llamaba el gran hechicero, jamás había amado u odiado a nadie, ni tampoco le temía a nada, excepto a una cosa: a la muerte.

Y le tenía miedo porque no sabía lo que pasaba después de ella: si se vivía otra vida eterna, como predicaban unos, o te reencarnabas, como decían otros, o simplemente se pasaba a la nada y al olvido.

Y Kalub, el gran hechicero, el que conocía secretos inimaginables para el resto de los mortales, temía a lo desconocido. Por eso vivía aislado en el Paraíso, analizando especies y removiendo pociones, intentando descubrir ese misterio y encontrar una forma de ser inmortal.


Y por fin llegó un día en que consiguió la receta precisa para ahuyentar a la muerte. Pero las sustancias eran tan antagónicas, la ausencia de muerte tan incompatible con la vida, que esos productos no soportaron estar tan cerca unos de otros y saltaron de la marmita.

Kalub rugió. La poción ardiente había caído sobre el rostro del hechicero, que miraba extasiado cómo se consumaba su gran obra maestra.

Rápidamente cogió un paño y se limpió la cara. Afortunadamente el accidente no había sido grave. Sólo notaba un cierto escozor en la frente y las mejillas, nada que no pudiera aliviarse con una de las pomadas de su invención.

Pero cuando abrió los ojos no la vio en la alacena. En realidad no puedo ver ni la alacena ni el resto de la habitación; lo único que sus ojos percibieron fue un gran vacío negro.

El Paraíso entero se estremeció con el grito de cólera y desesperación del gran hechicero.


Kalub permaneció muchos días encerrado en su morada. Ahora, al miedo a la muerte se unía el miedo al mundo exterior. Un animal, una planta o incluso una mísera piedra que se encontrase en su camino podrían hacerle daño. Todo era desconocido.

Como no podía aceptar el esperar sentado a la muerte, decidió luchar y crear una poción que le devolviese la vista, para después poder llegar a la que le hiciese inmortal.

Pero para eso necesitaba un ser que le sirviese de ojos. Quizá alguno de aquellos humanos que vivían alrededor del Paraíso fuera lo bastante digno como para ser su esclavo.

Es cierto que Kalub ya no podía servirle de la vista para salir del Paraíso, pero todavía podía utilizar algunos de sus poderes para llegar al poblado más próximo.


Los habitantes de la aldea no supieron reaccionar cuando llegó el gran hechicero en medio de un remolino de viento.

En cuanto éste cesó, Kalub alargó el brazo esperando agarrar a alguien antes de que nadie se diese cuenta de su ceguera. Y la casualidad, o la fatalidad, hizo que cogiese a Layla, la hija mayor del panadero.

La joven gritó pidiendo auxilio, pero el hechicero formó otro remolino de viento y se la llevó con él.


Un instante después llegaron al Paraíso. Layla estaba aterrorizada, pero a pesar de ello se quedó extasiada contemplando la belleza del lugar. y cuando miró hacia el cielo no pudo contener una exclamación de asombro.

- ¡Quieres dejar de gritar ya? -exclamó Kalub, irritado.

- Es por el cielo -contestó Layla temerosamente.

- ¡Qué le pasa al cielo?

- Nunca imaginé que alguna vez hubiese sido del color de mis ojos.

Y es que en el Paraíso el cielo era de un color azul claro, limpio, que animaba el alma, a diferencia de en el resto de la Tierra, donde tenía un tono grisáceo.

- ¡Ya te hartarás de verlo! Aunque no tendrás mucho tiempo para hacerlo, porque tienes que trabajar para mí. Empieza limpiando y recogiendo todo lo que ves en el suelo ¡y cuidado con romper algo!

El hechicero fue tropezando hasta su aposento. Sólo entonces Layla se dio cuenta de que no podía ver, pero no estaba segura de si todavía seguía teniendo suficiente poder para arrasar la aldea si ella le desobedecía, así que comenzó a limpiar, llorando quedamente.


Mientras la joven ordenaba la cabaña, Kalub reflexionó sobre sus próximas acciones. Layla pronto se daría cuenta de su ceguera, si es que no lo había hecho ya. Tenía que descubrir una forma de retenerla. Cuando ideó sus estrategia salió a su encuentro.

- ¿Cuál es tu nombre, muchacha?

Ella retrocedió asustada y contestó con la voz temblorosa:

- Layla, señor.

El hechicero sonrió interiormente al motar el miedo que expresaba su voz, así que le dijo con toda la dulzura de que era capaz (que no era mucha):

- No tengas miedo, muchacha. Mientras hagas lo que te ordeno no le pasará nada malo ni a ti ni a tu gente.

Esto confirmó las sospechas de la joven. Tanto si escapaba como si no su vida ya estaba condenada, así que debía sacrificarse por el bien de los suyos.

- De acuerdo, -respondió- ¿qué debo hacer?


Los días fueron pasando, y con ellos las semanas y los meses. Aunque en el Paraíso no había otoño ni invierno y no se sucedían las estaciones, tres de ellas habían pasado ya en el exterior desde que el hechicero tenía a Layla como sirviente.

Además de arreglar la cabaña y preparar las comidas, Kalub hacía que la joven le acompañase en sus expediciones por el Paraíso, para que le ayudase a recoger los especímenes que necesitaba en su poción.

Ella no podía menos que maravillarse ante lo que veían sus ojos. En los prados había flores de colores inimaginables, con extraños insectos revoloteando sobre ellas, y pájaros que entonaban las más dulces melodías. Cuando el prado terminaba y aparecía el bosque, más y más especies extinguidas en el resto de la Tierra aparecían ante Layla.

Finalmente, la curiosidad pudo más que el miedo, y empezó a interrogar al hechicero sobre todo lo extraño que veía.

Cuando la joven comenzó a formular sus preguntas, Kalub contestaba serio y cortante, enfadado por el tiempo que le estaba haciendo perder. Pero su deseo de mostrarse superior le hacía responder.

Poco a poco eses respuestas fueron siendo más extensas y amables, y pronto llegó el día en que Layla avanzó tanto que pudo mantener conversaciones casi de igual a igual con el hechicero. Él cada vez admiraba más la inteligencia y dulzura de la joven, y ella cada vez se encontraba más a gusto con él.

Kalub no se dio cuenta de que estaba enamorado hasta una noche en que se encontró pensando que le daba igual morir y enfrentarse a lo desconocido, si ella estaba a su lado.

Pero debía esconder ese sentimiento. El amor te hace débil y da poder sobre ti a otra persona. Además, ella jamás podría corresponderle. ¿Cómo amar al hombre que te había separado de los tuyos y obligado a servirle?


Todo siguió igual. El hechicero se acercaba poco a poco a lo fórmula finar de la poción para su vista, pero faltaba algo, siempre faltaba algo...

Por fin lo descubrió. Después de miles de experimentos fallidos y de repasar sus notas una y mil veces, Kalub se dio cuenda de cuál era el ingrediente que faltaba... un par de ojos humanos. Bien, podría salir del Paraíso y coger los ojos del primer desgraciado que se encontrase. Pero... no, no había duda... debían ser los ojos de alguien que le amase... Puede que le amase o puede que no, pero sólo había una persona que pudiese cumplir ese requisito en todo el Universo.

- ¡NO! ¡JAMÁS!

Layla llegó preocupada de la cocina.

- ¿Qué pasa? ¿Jamás qué?

- Ja... Jamás conseguiré crear la poción. Acabo de descubrir que es imposible.

- No te rindas, tiene que haber algún compuesto que no hayas usado, o...

- ¡No! No hay nada más.

Ella le miró con suspicacia. El hechicero nunca había titubeado al hablar. ¿Entonces por qué lo había hecho al decir ese “jamás”?

- Quizá si...

- Vete.

- ¿Qué?

- ¡Qué te marches! Vuelve con tu gente, ya no me puedes ayudar.

- No pienso dejarte solo, p...

- ¡Ya no te necesito, no me sirves para nada! ¡FUERA!

Layla salió de la casa corriendo. Había ocasiones en que era muy peligroso llevarle la contraria, y esa era una de ellas. Pero no fue muy lejos. Se quedó esperando en el límite del Paraíso, a un par de horas de la cabaña. En cuanto anocheció, comenzó el camino de regreso.

Cuando ella se fue, Kalub se desplomó sobre su cama. Eso era lo mejor. Su vida ya no tenía sentido, pero ella merecía ser feliz con su familia, y quizá con algún apuesto muchacho de la aldea cercana. No debía retenerla. Y a pesar de su corazón roto, el cansancio hizo que Kalub cayese dormido.


Poco después de medianoche Layla entró silenciosamente en el laboratorio. Estudió las notas del hechicero y pronto descubrió qué era lo que le faltaba a la poción. No necesitó más que unos segundos para decidirse.

Un agudo chillido de dolor despertó a Kalub. Para cuando logró llegar junto a Layla, a ella sólo le quedaron fuerzas suficientes para decirle: “Ya está hecha.”, y expiró, desangrada.

El hechicero examinó su cuerpo, pero cuando comprobó que no tenía pulso y palpó las cuencas de sus ojos, vacías y ensangrentadas, su corazón se paró. La poción estaba terminada, pero no podía tomarla. No podía quedarse allí, no podía...

Kalub, a trompicones, se alejó de allí y se adentró en el bosque. Nunca se supo nada más de él.

La poción abandonada al fuego fue evaporándose poco a poco. El cielo del Paraíso no pudo contener todo el vapor azulado, y éste fue extendiéndose por los cielos de todo el mundo, tiñéndolos del color de los ojos de Layla.

Por eso, cuando el cielo nos muestra su cara más amable, tal y como era Layla, es de ese color, azul.


A J.J.


En el verano del 99 pasé unos días con mis amigos en las fiestas del pueblo de una de ellos. Una de las tardes, mientras los demás echaban la siesta, uno de mis amigos, J.J., y yo nos tumbamos en el jardín y estuvimos un rato viendo pasar nubes. De repente él me preguntó: "¿Por qué el cielo es azul?". Yo lo había leído hacía un tiempo, pero en ese momento no lo recordaba ni tenía ganas de pensar. "No lo sé.", le dije. "Venga, no puede ser, tú lo sabes todo." "De verdad que no me acuerdo." En aquel entonces me preguntaban sobre todas las cosas raras, porque era como Hermione Granger. Bueno, y sigo siéndolo.

El caso es que en ese momento no supe contestarle, pero en cuanto llegué a casa un par de días después lo miré. El viernes siguiente volvimos a salir y a mitad de la noche volvió a preguntarme: "¿Por qué el cielo es azul?". Entonces empecé a soltarle todo el rollo científico, mientras su sonrisa se iba ensanchando cada vez más. "Demasiado científico, ¿verdad?" Él asintió con la cabeza. Los dos eramos de ciencias de pura cepa, pero a los dos nos encantaba la fantasía y escribir historias. Por eso su sonrisa tenía un doble significado. Esa misma noche, de madrugada, empecé esta historia, escrita con 19 años y corregida con 25.

Con el tiempo, J.J. y yo nos fuimos distanciando, y eso que empezó a estudiar la misma carrera que yo y en el mismo sitio, aunque un año más tarde, porque repitió COU. Él se echó novia y empezó a salir con el grupo de la facultad, y se fue alejando del nuestro. En realidad soy la única que sigue en contacto con él, aunque ahora que los dos hemos acabado la carrera es muy esporádico. Por eso le dedico esta leyenda, aunque él no se entere. Por los viejos tiempos.


Licencia de Creative Commons

Lindalawen - 1999

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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nostálgica nostálgica
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París - La Oreja de Van Gogh
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Un cíclope en el Triángulo de las Bermudas
Pensaba que mi gusto por la fantasía, ciencia-ficción, suspense y sucesos extraños tipo Expediente X había empezado en la adolescencia, pero se ve que no, que lo llevo de fábrica. Hace no mucho me puse a leer las redacciones que había escrito en el colegio y me encontré con ésta, escrita cuando tenía 11 años y 2 días. Habíamos leído la parte del cíclope de la Odisea, y nos habían mandado hacer una redacción sobre un cíclope. Esto es lo que salió; no he cambiado ni una sola coma, ni siquiera el título. A ver que os parece.


Apreciada amiga:

¡No te vas a creerlo que me ha pasado! Pero te lo voy a contar, porque no aguanto más.

Iba a las Islas Bermudas, en avión, cuando estábamos sobrepasando el Triángulo de las Bermudas. De repente, una fuerza misteriosa nos atraía hacia el mar. Entonces bajamos precipitadamente y “entramos” dentro del mar. Se abrió una puerta y entramos a un túnel de cristal. Seguimos bajando. De pronto nos chocamos con algo. Era un gigantesco y fortísimo imán de magnetita. Apareció un gas muy raro y nos dormimos.

Al despertarnos, salimos del avión y bajamos del imán. Entonces apareció un cíclope. Salimos corriendo muertos de miedo, pero el cíclope nos encerró en una jaula.

Cuando me fijé bien en él, vi que era gigantesco, feo, con un solo ojo enmedio de la frente, y algo corto en todos los sentidos; pero sobre todo de vista. Esto me dio una idea, pero como estaba cansada, no pensé mucho en ella y me dormí.

Al despertar, vi con horror que el cíclope se estaba comiendo a cuatro de los pasajeros. Esto me hizo volver a pensar, pero con más concentración, la idea que se me había ocurrido.

Cuando la tuve clara, la puse en práctica.

Le dije al cíclope que si quería hacer una apuesta, y dijo que sí. Entonces le propuse que, quién de los dos sacase antes un póquer de ases, ganaba. Si ganaba el cíclope, nos teníamos que quedar; y si ganaba yo, nos tenía que sacar a la superficie. El cíclope aceptó. Por suerte tenía dos barajas, y con una no sabía quién ganaría, pero la otra la preparé para ganar yo.

Empezó el juego. Los demás pasajeros del avión estaban muy nerviosos, porque allí se iba a decidir su destino. Le di al cíclope la primera baraja, la barajó y la puso sobre a mesa. Entonces yo, rapidísimamente, cambié la baraja; y como no veía bien, no se dio cuenta. Jugamos y yo gané, como estaba previsto.

A la mañana siguiente (creo) nos metimos en el avión, y el cíclope nos sacó a la superficie, y nos llevó hasta una de las Islas Bermudas.

Allí le conté a la policía el misterio del Triángulo de las Bermudas, y llamaron al ejército, que dio muerte al cíclope.

Ya en España, me condecoraron con una medalla al valor, o algo así, y volví a casa.

En mi pueblo me recibieron como si fuese la Reina de España.

Desde entonces tuve muchos amigos en todas partes de España.

Un fuerte abrazo de:

XXXX

PD.: Escríbeme pronto.


Licencia de Creative Commons

Lindalawen - 1991

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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divertida, me ha hecho gracia divertida, me ha hecho gracia
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Lady Marmalade - BSO Moulin Rouge
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Inauguración
Queda inaugurado este Livejournal. La verdad es que ya tengo un blog donde voy escribiendo lo que me apetece. Se llama Deseos de Cosas Imposibles, podéis llegar a él dando al link que hay en mi ficha (profile, ahí arriba).

Este diario sólo lo voy a utilizar para publicar mis relatos, cuentos, historias, novelas... y por supuesto mi NaNoWriMo. Por eso me he decidido a hacer uno, para poder participar en la comunidad de Nanowrimo en Español (el nombre de usuario es nanowrimo_esp).

Espero que podáis pasar un buen rato con mis relatos y que me dejéis comentarios con críticas (constructivas, a ser posible) para mejorar mi escritura.

Bienvenidos.

Ahora mismo estoy:
ilusionada ilusionada
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