| lectorconstante ( @ 2005-11-04 17:41:00 |
Bendígame, padre, porque he pecado
Buenas tardes, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Una introducción completamente superflua, para los que estén ociosos:
A mí me educaron, como ya habrán deducido por las referencias que salpican esta Guía, en un catolicismo standard de los de andar por casa. Bautismo, catequesis, Primera Comunión, colegio de monjas y pare usted de contar. Pasaron los años, y una carencia absoluta de fe eliminó cualquier posibilidad de confirmación, matrimonio en La Almudena o asistencia a la Misa del Gallo, para disgusto de mi anciana abuela, que todas las noches le pide al Espíritu Santo que me dé discernimiento, esperanza y otras virtudes de las que ando más bien escasita. Gracias, abuela. Yo a ti también.
Pero los ritos y las palabras son importantes y tienen peso específico propio, y todos los que leen esta Guía lo reconocen implícitamente cuando ponen nombre a sus peces de colores, como si a ellos les importase. O cuando regalan a su novieta dulces típicos de fechas concretas. O cuando citan a Obi-wan Kenobi diciendo a sus amiguetes Que la fuerza te acompañe. Estarán de acuerdo conmigo en que esto último se aproxima muchísimo al rotundo Tuyo es el reino, el poder y la gloria, o al desolador Polvo eres y al polvo volverás.
Lo que quería decirles con esto es que vivimos entre ritos y entre palabras rituales. Y yo me he quedado con unos cuantos del viejo catolicismo standard, porque son hermosos o porque son útiles. Lo que nos lleva, y ya iba siendo año, al asunto del pecado y la absolución. Ya saben: el acto de contrición, el dolor de los pecados, el propósito de la enmienda, la expiación y todas esas vainas que aprendimos en el catecismo. Estoy bastante de acuerdo con todos esos conceptos, aplicados estrictamente a la vida cotidiana, y de vez en cuando hasta me rijo por ellos. De vez en cuando.
Así que, Amigos y Desconocidos, para obtener la absolución de mis pecados de omisión (que son la mayoría), intento enmendarme: aunque viva en un sinvivir, aunque me reclamen deberes insoslayables, busco un rato libre y lo dedico a recomendarles lectura para el fin de semana. Toxicómana pero cumplidora, como le dijo la puta al obispo. Y con esto llegamos a la sección habitual. Kyrie Eleision.
*LO QUE USTEDES DEBEN LEER
Los Amigos y Desconocidos Lectores Constantes que hayan leído, mudos y absortos, las anteriores entradas de esta Guía del Buen Leer, ya conocerán al caballero que escribió la recomendación de hoy. Se trata de José Antonio Millán, a quien no hay que confundir con Juan José Millás ni, ya que estamos, con Paz Padilla o con una licuadora. Estos dos últimos casos son improbables, pero del primero he sido testigo hace unas horas, cuando la chica de la librería demostró que le dejan vender libros y tener hijos a cualquiera.
José Antonio Millán es uno de esos licenciados en Filología Hispánica que han hecho algo más que escribir horrendos poemas en verso libre para la revista literaria de su asociación de vecinos. Concretamente, este señor ha sido director editorial de Taurus Ediciones, ha creado el Centro Virtual del Instituto Cervantes y ha dirigido la primera edición en CD-ROM del Diccionario de la Real Academia. Ahí es nada, José Antonio.
Por si eso fuera poco, ha escrito un taco de libros y otro taco de columnas en diversos periódicos, y forma parte de Consejos casi Estelares, como el de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que es tan justa y necesaria como toda biblioteca, o el de la Sociedad para la Historia del Libro y de la Lectura, que también tiene pinta de molar bastante.
Los Amigos y Desconocidos Lectores Constantes que, con bastante acierto, acostumbran a pasarse títulos y credenciales por la brinca del coño y a exigir algo más palpable y empírico, pueden ir a constatar las virtudes de este caballero a su página web: http://jamillan.com. También es justa y necesaria, aunque menos que la Biblioteca.
El libro que les traigo hoy tiene esta pinta por fuera:

Y la parte de atrás nos explica, entre otras cosas, el por qué del título:
*Mover una sola coma puede alterar por completo no sólo el sentido de un escrito sino el futuro de una persona. Cuentan que hace mucho tiempo un rey conmutó una dura resolución: “Perdón imposible, que cumpla su condena” por la clemencia: “Perdón, imposible que cumpla su condena”.
Y continúa:
*La puntuación resulta clave para la comunicación por escrito; sin embargo no se rige por reglas fijas (como las que hay, por ejemplo, para escribir b y v). En general usamos una puntuación deficiente, y no es extraño: puntuar exige el esfuerzo de situarse al tiempo en el lugar del que escribe y del que va a leer. (…) Este libro no sólo resuelve dudas y curiosidades (¿cómo se empezaron a usar las comillas?, ¿por qué los ingleses no abren la interrogación?), sino que hace consciente al lector de las ricas posibilidades que se abren ante él.
No sé ustedes, pero a mí me consume y me tortura el asunto de la puntuación. Me pego con las comas, de las que siempre hay exceso o escasez; utilizo siempre con dudas el espinoso punto y coma; maldigo en arameo cuando alguien conecta las oraciones con sucesivos dos puntos, a lo Eduardo Haro Tecglen; y, en general, nunca sé si lo estoy haciendo bien o si ustedes, Amigos y Desconocidos, están señalando con el dedo la pantalla y mofándose de mi lamentable puntuación y mi no menos lamentable corte de pelo. A ver si encuentro un rato para ir a la peluquería, cojones.
Perdón imposible, según su índice, aclara algunas cuestiones sobre la coma, el punto y coma, los dos puntos, los paréntesis, las rayas, los guiones, el punto (aparte, seguido y suspensivos), las interrogaciones, las exclamaciones, las comillas, el apóstrofo, y otros signos no menos bellos e interesantes, tal que los asteriscos, las plecas, los topos, los bolos y los boliches. Todo ello encabezado por una breve historia de cada signo, con su origen y su etimología, trufado de ejemplos de su buen y su mal uso, salpicado de anécdotas al respecto y acotado con bastante precisión. Para que ustedes, almas de cántaro, no queden como cocheros enviando una carta de amor que asfixie de risa a la destinataria y le haga exclamar: ”Preferiría comer cristales que follar con este adoquín”. Es mucho lo que está en juego, Amigos. Vayan preparados al combate, no se arrepentirán.
Para terminar con las alabanzas al buen hacer de José Antonio Millán, les cuento que el libro incluye una bibliografía incompleta, pero comme il faut. Cuando digo comme il faut, haciendo de paso un innecesario alarde de mi dominio del francés y de mi savoir faire, quiero decir que el autor se molesta en dar a los lectores un material de consulta que sea útil e interesante, lo que siempre es de agradecer, y que no pretende epatar citando oscuros tratados alemanes que ha sacado vaya uno a saber de dónde, lo que se agradece mucho más.
Lo edita, por cierto, RBA. Búsquenlo en la biblioteca, cómprenlo, pídanmelo prestado o vayan directamente a http://perdonimposible.com, donde figura, además, la bibliografía completa que se ha consultado para escribir el libro, la fuente de los ejemplos y muchas otras cosas.
Hale, échenle un ojo. Pueden morirse sin haberlo leído, por supuesto, pero no querrán que su nota de suicidio figure en la Antología del disparate, ¿verdad? Pues eso.
Absuélvanme de mis pecados y tengan cuidado ahí fuera. Y punto.
Constant Reader.
Buenas tardes, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.
Una introducción completamente superflua, para los que estén ociosos:
A mí me educaron, como ya habrán deducido por las referencias que salpican esta Guía, en un catolicismo standard de los de andar por casa. Bautismo, catequesis, Primera Comunión, colegio de monjas y pare usted de contar. Pasaron los años, y una carencia absoluta de fe eliminó cualquier posibilidad de confirmación, matrimonio en La Almudena o asistencia a la Misa del Gallo, para disgusto de mi anciana abuela, que todas las noches le pide al Espíritu Santo que me dé discernimiento, esperanza y otras virtudes de las que ando más bien escasita. Gracias, abuela. Yo a ti también.
Pero los ritos y las palabras son importantes y tienen peso específico propio, y todos los que leen esta Guía lo reconocen implícitamente cuando ponen nombre a sus peces de colores, como si a ellos les importase. O cuando regalan a su novieta dulces típicos de fechas concretas. O cuando citan a Obi-wan Kenobi diciendo a sus amiguetes Que la fuerza te acompañe. Estarán de acuerdo conmigo en que esto último se aproxima muchísimo al rotundo Tuyo es el reino, el poder y la gloria, o al desolador Polvo eres y al polvo volverás.
Lo que quería decirles con esto es que vivimos entre ritos y entre palabras rituales. Y yo me he quedado con unos cuantos del viejo catolicismo standard, porque son hermosos o porque son útiles. Lo que nos lleva, y ya iba siendo año, al asunto del pecado y la absolución. Ya saben: el acto de contrición, el dolor de los pecados, el propósito de la enmienda, la expiación y todas esas vainas que aprendimos en el catecismo. Estoy bastante de acuerdo con todos esos conceptos, aplicados estrictamente a la vida cotidiana, y de vez en cuando hasta me rijo por ellos. De vez en cuando.
Así que, Amigos y Desconocidos, para obtener la absolución de mis pecados de omisión (que son la mayoría), intento enmendarme: aunque viva en un sinvivir, aunque me reclamen deberes insoslayables, busco un rato libre y lo dedico a recomendarles lectura para el fin de semana. Toxicómana pero cumplidora, como le dijo la puta al obispo. Y con esto llegamos a la sección habitual. Kyrie Eleision.
*LO QUE USTEDES DEBEN LEER
Los Amigos y Desconocidos Lectores Constantes que hayan leído, mudos y absortos, las anteriores entradas de esta Guía del Buen Leer, ya conocerán al caballero que escribió la recomendación de hoy. Se trata de José Antonio Millán, a quien no hay que confundir con Juan José Millás ni, ya que estamos, con Paz Padilla o con una licuadora. Estos dos últimos casos son improbables, pero del primero he sido testigo hace unas horas, cuando la chica de la librería demostró que le dejan vender libros y tener hijos a cualquiera.
José Antonio Millán es uno de esos licenciados en Filología Hispánica que han hecho algo más que escribir horrendos poemas en verso libre para la revista literaria de su asociación de vecinos. Concretamente, este señor ha sido director editorial de Taurus Ediciones, ha creado el Centro Virtual del Instituto Cervantes y ha dirigido la primera edición en CD-ROM del Diccionario de la Real Academia. Ahí es nada, José Antonio.
Por si eso fuera poco, ha escrito un taco de libros y otro taco de columnas en diversos periódicos, y forma parte de Consejos casi Estelares, como el de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que es tan justa y necesaria como toda biblioteca, o el de la Sociedad para la Historia del Libro y de la Lectura, que también tiene pinta de molar bastante.
Los Amigos y Desconocidos Lectores Constantes que, con bastante acierto, acostumbran a pasarse títulos y credenciales por la brinca del coño y a exigir algo más palpable y empírico, pueden ir a constatar las virtudes de este caballero a su página web: http://jamillan.com. También es justa y necesaria, aunque menos que la Biblioteca.
El libro que les traigo hoy tiene esta pinta por fuera:

Y la parte de atrás nos explica, entre otras cosas, el por qué del título:
*Mover una sola coma puede alterar por completo no sólo el sentido de un escrito sino el futuro de una persona. Cuentan que hace mucho tiempo un rey conmutó una dura resolución: “Perdón imposible, que cumpla su condena” por la clemencia: “Perdón, imposible que cumpla su condena”.
Y continúa:
*La puntuación resulta clave para la comunicación por escrito; sin embargo no se rige por reglas fijas (como las que hay, por ejemplo, para escribir b y v). En general usamos una puntuación deficiente, y no es extraño: puntuar exige el esfuerzo de situarse al tiempo en el lugar del que escribe y del que va a leer. (…) Este libro no sólo resuelve dudas y curiosidades (¿cómo se empezaron a usar las comillas?, ¿por qué los ingleses no abren la interrogación?), sino que hace consciente al lector de las ricas posibilidades que se abren ante él.
No sé ustedes, pero a mí me consume y me tortura el asunto de la puntuación. Me pego con las comas, de las que siempre hay exceso o escasez; utilizo siempre con dudas el espinoso punto y coma; maldigo en arameo cuando alguien conecta las oraciones con sucesivos dos puntos, a lo Eduardo Haro Tecglen; y, en general, nunca sé si lo estoy haciendo bien o si ustedes, Amigos y Desconocidos, están señalando con el dedo la pantalla y mofándose de mi lamentable puntuación y mi no menos lamentable corte de pelo. A ver si encuentro un rato para ir a la peluquería, cojones.
Perdón imposible, según su índice, aclara algunas cuestiones sobre la coma, el punto y coma, los dos puntos, los paréntesis, las rayas, los guiones, el punto (aparte, seguido y suspensivos), las interrogaciones, las exclamaciones, las comillas, el apóstrofo, y otros signos no menos bellos e interesantes, tal que los asteriscos, las plecas, los topos, los bolos y los boliches. Todo ello encabezado por una breve historia de cada signo, con su origen y su etimología, trufado de ejemplos de su buen y su mal uso, salpicado de anécdotas al respecto y acotado con bastante precisión. Para que ustedes, almas de cántaro, no queden como cocheros enviando una carta de amor que asfixie de risa a la destinataria y le haga exclamar: ”Preferiría comer cristales que follar con este adoquín”. Es mucho lo que está en juego, Amigos. Vayan preparados al combate, no se arrepentirán.
Para terminar con las alabanzas al buen hacer de José Antonio Millán, les cuento que el libro incluye una bibliografía incompleta, pero comme il faut. Cuando digo comme il faut, haciendo de paso un innecesario alarde de mi dominio del francés y de mi savoir faire, quiero decir que el autor se molesta en dar a los lectores un material de consulta que sea útil e interesante, lo que siempre es de agradecer, y que no pretende epatar citando oscuros tratados alemanes que ha sacado vaya uno a saber de dónde, lo que se agradece mucho más.
Lo edita, por cierto, RBA. Búsquenlo en la biblioteca, cómprenlo, pídanmelo prestado o vayan directamente a http://perdonimposible.com, donde figura, además, la bibliografía completa que se ha consultado para escribir el libro, la fuente de los ejemplos y muchas otras cosas.
Hale, échenle un ojo. Pueden morirse sin haberlo leído, por supuesto, pero no querrán que su nota de suicidio figure en la Antología del disparate, ¿verdad? Pues eso.
Absuélvanme de mis pecados y tengan cuidado ahí fuera. Y punto.
Constant Reader.