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A vueltas con la vida
 
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Below are the 4 most recent journal entries recorded in dgbarbeyto's LiveJournal:

    Saturday, January 29th, 2005
    2:51 pm

                Supongo que puedo empezar hablando de Morgan. Yo había pedido pasillo e iba avanzando por el avión, mirando los indicadores del número de fila y la letra de los asientos: ABC a la izquierda, DEFG en el centro y a la derecha HIJ. Por enésima vez, miré el cupón de la tarjeta de embarque. El mío era el 19C, así que a la izquierda. Iba dando pasitos, frenando incluso cuando algún pasajero se detenía a colocar su equipaje en los compartimentos de arriba; entonces aprovechaba para cambiarme de mano la maleta y adelantaba asientos con la mirada: 16C, 17C, 18C... Un hombre desgreñado, de barba revuelta y canosa, y piel tostada, como caramelo líquido quemado, estaba quitándose el abrigo en el asiento 19A.

     

    —¿Te lo ponga arriba? —le ofrecí tras desembarazarme de mi maleta.

     

                No hacía falta. Ya lo dejaba él. A continuación me tiende una mano y se presenta: «Morgan. Encantado». Aunque no sé si me apetece un compañero parlanchín durante un viaje tan largo, le estrecho la mano. «David. O Déivid, da igual.» Y, en seguida, Morgan quiere saber de dónde soy, si es la primera vez que voy a Kuala Lumpur, cuánto tiempo pienso quedarme y a qué me dedico; porque él es abogado, de un bufete muy grande cuyo nombre ni siquiera logro retener. Está seguro de que Kuala Lumpur me va a encantar y si voy a Nueva Zelanda, ya lo veré, pero es una maravilla: un paisaje distinto cada veinte minutos. Ya lo veré: una auténtica maravilla, repite mientras me abrocho el cinturón de seguridad.

     

                Entro en la conversación. Me resulta un poco avasallador, pero le sigo la corriente. No sé, por una parte, encuentro estupendo ser tan espontáneo; por otra, en los lugares cerrados tiendo a extremar la prudencia con los desconocidos. Procuro rehuir situaciones tipo: «Hola, soy David —a la mujer del asiento de enfrente—. Aprovecho que estamos en un autobús y que no tienes escapatoria, para decirte que no te conozco de nada pero eres guapísima. No te sientas violenta: puedes esquivar mi mirada desviando la vista hacia la ventanilla». No soy así. Prefiero dejarle, o quizá dejarme, alguna salida; a Morgan, en cambio, no parece importarle que allí arriba, tal como nos muestran las azafatas en ese preciso instante, sólo hayas salidas de emergencia. Al parecer, Morgan había pasado las navidades en Londres y regresaba a Malasia después de las vacaciones. Él era malayo. Los malayos me iban a caer bien. Gente abierta, ya lo vería también. Si estaba de tránsito y tenía poco tiempo, no podía dejar de visitar al menos las torres Petronas. Las torres gemelas más altas del mundo, me explica. Cuando le pregunto para qué habían construido unas torres tan altas, hace una pausa antes de responder: «Para aparecer en el mapa».

     

                Luego, del respaldo del asiento delantero, Morgan saca la revista con la programación de las películas y los canales de radio disponibles durante el vuelo. En la penúltima página hay un mapa de Kuala Lumpur.

     

    —¿Ves? Están aquí —dice y señala unas torres dibujadas al borde de una calle—. Ibas al Federal, ¿no? Aquí —añade para orientarme sobre cómo llegar hasta las Petronas desde el hotel en que me alojo.

     

                Morgan conoce Christchurch. Una ciudad muy inglesa, me dice. Él ha ido varias veces a Nueva Zelanda y aún se estremece al recordar cuando se acercó con una lancha motora a una ballena. Transmiten algo... una sensación de enormidad... Morgan no encuentra palabras y, de repente, la conversación languidece. Morgan sigue mirándome, como a la espera de alguna pista más a la que agarrarse para volver a hablar. Un auxiliar de vuelo nos ofrece entonces unas toallitas calientes perfumadas; poco después, regresa empujando un carrito con whiskey para Morgan y zumo de piña para mí. Cada vez que ofrecen algo de beber, Morgan pide whiskey y yo doy las gracias por el nuevo zumo de piña. En algún momento saco mi discman. Cuando Morgan me pregunta si escucho música inglesa, dudo un segundo. No me gusta proclamarlo al viento, pero tampoco me siento cómodo con evasivas o mintiendo, como si fuese algo que ocultar.

     

    —Enseñanzas budistas —respondo por fin—. De un retiro de fin de semana que hice hace un par de meses.

     

                Y resulta que, justo detrás del Federal, hay un autobús que me lleva a un templo budista. No tiene pérdida, es la última parada. Morgan me señala tanto la parada del autobús como la ubicación aproximada del templo. Me explica que en Malasia se ven mezquitas por todas partes, pero que también puedo encontrar templos de otras religiones: hay libertad de credo, concluye al tiempo que el auxiliar de vuelo recorre el avión repartiendo las tarjetas de entrada para los inmigrantes. En rojo, una advertencia me aviva el recuerdo de tantas películas sobre turistas malaventurados: «Death Forewarned to Drug Traffickers by Malaysian Law». Malasia, tráfico de drogas, muerte... Cuando, aproximándonos al aeropuerto, el capitán informa por megafonía de que el tráfico de drogas es un delito gravemente penado en Malasia, Morgan me hace mirar por la ventanilla. Asomo la cabeza y una inmensa explanada de palmeras consigue distraerme. Palmeras y más palmeras. Kilómetros de campos de palmeras vistas desde un plano aéreo. «Por eso el zumo de piña», pienso mientras la azafata se asegura de que las bandejas de los asientos están subidas y los respaldos bien rectos.

     

                Morgan empieza a contarme que también hay muchos cocoteros, pero las luces de abrochar los cinturones de seguridad se encienden. Estamos llegando. A pesar de las trece horas, el vuelo no se me ha hecho tan largo ni aburrido como esperaba. Morgan le quita la capucha a un bolígrafo y me apunta su teléfono.

     

    —¿Cuántos días ibas a estar en Kuala Lumpur? —me pregunta después de entregarme el papel con su número.

    —Tres —contesto y puntualizo—: dos noches, tres días.

    —Llámame si necesitas cualquier cosa.

     

                Aterrizamos. Desoyendo la recomendación de la azafata, los pasajeros se levantan antes de que el avión se detenga por completo. Yo también bajo mi maleta de mano. Le entrego a Morgan su abrigo. Antes de despedirme, saco una bolsita de la FNAC con cuatro o cinco figuritas de mazapán. Me las había metido mi madre, junto con unos cacahuetes cubiertos de chocolate que sí me había comido durante el vuelo a Londres. La sostengo unos segundos y, sin mucha convicción, termino regalándole el mazapán. No sé por qué. Morgan me está dando las gracias cuando el pasajero del asiento 19D se interpone. Corta el contacto visual. De pronto, han abierto las puertas por delante. El pasajero 19D parece apresurado. Aprieto el paso y Morgan va quedándose atrás. Giro la cabeza sin dejar de andar. Morgan sigue quedándose y quedándose, cada vez más atrás.

     

    Cuando nos reencontramos en la cinta de recogida de equipaje, apenas me dirige un saludo cortés. Apenas le dedico un gesto de despedida con la mano. El vuelo ha terminado. Fuera del avión, volvemos a ser dos desconocidos: a Morgan lo espera su bufete de abogados; a mí, un cartel con mi nombre, una conversación de relleno con el conductor que me traslada al Federal Hotel.

    Friday, November 12th, 2004
    1:21 pm
    Vacíos

    Hace un par de días, Rosario me mandó un mensaje en el que, además de mostrar su entusiasmo por mi viaje a Nueva Zelanda, me preguntaba: "¿Estabas el día siete de septiembre a las diez de la mañana en el aeropuerto de Barcelona? Te llamaron por los altavoces, pero no conseguí verte".

    No sé qué David Gallego estuvo en el aeropuerto de Barcelona. Yo nunca lo he pisado. Pero me he imaginado a Rosario buscándome, convencida de que podíamos encontrarnos, y he recordado un pasaje de La escala de los mapas:

    "Supón, le dije, que hoy te anuncian el regreso de un viejo amigo a quien ya juzgabas irrecuperable en la distancia de otro continente. Son las ocho de la tarde, tú sales a la calle fantaseando con el encuentro, es tan incontenible tu alegría que andas riéndote en voz baja, porque en un segundo has visto tu pasado con esa persona y el futuro, la dicha de la proximidad. Subes a un autobús enumerando los sitios donde piensas llevarle, tu brazo en alto se aferra a la barra sucia, un individuo de cogote grueso te empuja contra el pecho opulento de una mujer, ella hace ostensibles gestos de molestia pero tú los ignoras, concentrada en la escena que imaginas, palpitas de puro júbilo, como si ya sintieras en tus costillas la presión del primer saludo. Mas he aquí que era todo una falsa alarma. Quien te anunció que tu amigo volvía se había confundido en la fecha o en el nombre. 'Qué chasco', comentarían algunos. 'Qué hueco', diría Sergio Prim. ¿Dónde estabas tú mientras planeabas el encuentro? Si contestas 'en un autobús', ¿no pecas, cuanto menos, de imprecisión? ¿De qué sustancia se compone, en qué lugar se ubica esa emoción que fue tuya: cuarenta y cinco minutos de felicidad concreta motivados por un acontecer ilusorio?" (Belén Gopegui, Anagrama)

    Y me pasa justamente eso: que me pregunto por la textura de los sentimientos, qué hay en ellos de tangible o de vacío.

    Hace dos años me volvió a suceder: después de una temporada sin colaborar con Harlequín, volví a traducir para ellos. Creo que fue Ana Rosa la que me dijo: 'Hace unos meses nos llevamos un buen susto'. Quizá no se le ocurría una forma suave de explicarse, porque hizo una pausa para elegir las palabras. Pero no debió de encontrarlas: 'Vimos tu esquela en un periódico. Luego nos fijamos en el segundo apellido y no eras tú'.

    Durante unos segundos, para Ana Rosa, yo había muerto. El sentimiento de vacío sería real; pero, ¿qué había debajo soportándolo?

    Más recientemente, hará diez o doce días, estaba con mi madre en el salón y me contó que estaba agobiada. En unos pocos meses ha tenido conocimiento de la muerte de tres o cuatro personas queridas o conocidas, todas de menos de sesenta años. De la de Fernando se había enterado, como Ana Rosa, por una esquela en el periódico. Sólo que, en este caso, el segundo apellido coincidía y la llamada a Cristina, su mujer, terminó de confirmarle la noticia.

    Casi nunca lo veíamos. Fernando era un amigo de mi padre, de los tiempos en que iban juntos a la universidad. Luego, mis padres se compraron un piso en la Alameda de Osuna; Fernando y Cristina, otro en la misma calle. Durante años fuimos vecinos. Después, ellos se mudaron a otro barrio. Para mí, Fernando forma parte, sobre todo, de los recuerdos entrañables de la infancia. Más tarde, cuando mi padre murió, lo recuerdo a nuestro lado toda la noche en el tanatorio, con un saber estar mezcla de pena y fortaleza. Nos acompañaba a tomar un café, me pasaba la mano sobre el brazo en un roce comprensivo y cariñoso, nos distraía, aunque sólo fuese unos segundos, con una anécdota que nos hiciese sonreír...

    Desde entonces, el único contacto que manteníamos eran sus llamadas anuales por navidades. Las pasadas, en cambio, no llamó. Pensamos en hacerlo nosotros, pero lo fuimos dejando, dejando... y ahora sabemos que entonces ya le habían diagnosticado el cáncer. Supongo que no se sentiría para muchas celebraciones. En cualquier caso, también produce vacío descubrir con retraso que un ser querido está enfermo o ha muerto. Tú estabas tan feliz, tan contento o tan preocupado con tus cosas y, mientras tanto, un amigo falta y no estabas a su lado.

    Da igual que casi nunca nos viéramos. Estábamos en el salón y mi madre desvió la mirada hacia el televisor. No tenían una relación de verse, no necesitaba ver a Fernando para tenerle cariño. Para quererlo, le bastaba con saber que estaba bien. Antes de pulsar el botón del mando a distancia, se giró para mirarme a los ojos:

    --David, por favor, prométeme que me llamas si tienes un cólico en Nueva Zelanda. 

    Wednesday, November 10th, 2004
    4:10 pm
    Amar a Aurora

    ¡Muy buenas!

    Hace ya medio año suspendí este diario por razones de enorme hondura. No digo yo que no me creyera mis motivos, pero me pregunto seriamente si además era vital explicároslos. Lo digo porque he tenido la curiosidad de empezar a releer la última anotación y todavía no me recupero del bostezo. En definitiva, confío en que lo que escriba de ahora en adelante surta mayor sopor si cabe.

    Vuelvo por dos razones: porque el curso de Redacción y Estilo que estoy siguiendo me ha devuelto el gusanillo de escribir y porque se me ha ocurrido que este diario será una buena forma, a partir de enero, de ir poniéndoos al día de cómo me va por Nueva Zelanda. Sentiros cerca en la distancia y acercaros los antípodas. A ver si es verdad que me pongo de acuerdo con Rafa y le mando una foto cada semana o cada quince días para que la cuelgue entre sus lagartijas  <http://www.laencrucijada.com/lagartijasalsol/>

    El plan de trabajo es el siguiente: de pronto me apetecerá escribir y luego no y cinco días más tarde otra vez sí. O sea, ante todo disciplina, constancia, diligencia gozosa.

    De momento, copio un relato que he escrito este fin de semana para la clase de este jueves.

    Muchos besos.

     

    AMAR A AURORA

     

                Hay, en el centro de Madrid, un patio secreto con una fuente de bronce. Para llegar a él, es necesario pasear cabizbajo al anochecer y cruzarse con dos enamorados que se besan los labios con ternura. Entonces conviene entrar en el restaurante más cercano, pedir mesa para uno y sentir que la camarera intuye el tamaño de tu soledad. A la salida, hace frío en la calle. Cuando los hombres tristes del barrio de Lavapiés encuentran un mendigo sobre el escalón del teatro Apolo, se compadecen de sí mismos y sueltan una moneda de un euro sobre el platillo del pobre. Después hay que volver a casa: caminar arrastrando los zapatos, subir las escaleras sin encender la luz del portal, exhalar al menos un suspiro en el tercer rellano. También es imprescindible, según se empuja la puerta, decir en voz alta: «¡Ya he llegado!». Y no encontrar ni el lomo de un gato esperando que lo acaricien.

     

                Una vez cada cuatro años, los hombres tristes del barrio de Lavapiés sueñan con un patio secreto y una fuente de bronce milagrosa. La mayoría no recuerda el sueño al despertar; otros, que no lograrán olvidarlo, temen hacerse ilusiones y siguen bajando a por el pan sin afeitarse. Pero si un hombre de mediana edad se echa un chorrito de colonia sobre la cabeza y en la iglesia de Santa Isabel las campanas repican a bautizo, todavía es posible recorrer silbando la calle Ave María. Allí, en el cruce con Esperanza, justo detrás del camión de butano que obstaculiza el paso a Julio Dolina, hay una puerta pintada con tiza en la pared. El secreto consiste en ir palpando los ladrillos rojos, hasta que la puerta se entorna, y mirar a los lados varias veces para asegurarse de entrar sin ser visto. Una vez dentro, no es extraño que Julio Dolina se pregunte cómo saldrá si la puerta se cierra.

     

                Los hombres tristes que se aventuran a avanzar por el patio secreto tienen penas de amor. De acuerdo con el sueño, es obligatorio dirigirse a la fuente de bronce en medio del recinto. En caso de que una sábana caiga del cielo y disfrace de fantasma el cuerpo de Julio Dolina, es normal que se asuste y oiga el eco de su propio grito. Por supuesto, en seguida aconsejan serenidad, desprenderse de la sábana con cuidado de no tropezarse con ningún pico y advertir, de repente, el silencio del patio. Mirar hacia arriba sin hallar explicaciones. Escuchar, como mucho, los latidos del corazón. Antes de perder el ánimo y volver a casa con la cabeza baja, resulta forzoso armarse de valor: arrodillarse por fin frente a la fuente y, tal vez, sentirse ridículo por creer en magias y conjuros. Pues dicen que si se unen las manos en forma de cuenco y se bebe de esta agua milagrosa, los hombres tristes del barrio de Lavapiés pueden formular un deseo.

     

                Julio Dolina no está seguro de poder reencontrarse con Aurora. En el sueño sólo se establece una condición para que una mujer casada regrese a la vida de un hombre triste: basta con que en el momento de beber el agua, allá donde la mujer se encuentre, se sienta desdichada. Julio Dolina ama a Aurora. No le desea que haya sufrido en el matrimonio con el hombre que lo reemplazó. Pero si esta mañana es infeliz, Aurora volverá a su lado.

     

    Tuesday, February 10th, 2004
    9:33 pm
    Romper la espiral

                No es que no me apetezca escribir, sino que ya he borrado tres veces el primer párrafo. Tengo la cabeza embotada después de haber estado siete horas en Pegaso viendo cómo los obreros tampoco han terminado hoy. Con tan buena suerte de que Gregor, el inquilino, perdió ayer los estribos y los echó de casa a insulto limpio. Ambas partes estaban gallitas y peleonas, dispuestas a partirse la cara. Lógicamente, yo tenía miedo de que eligieran agredirse con los azulejos, después de lo que me ha costado conseguirlos. Aquieté la indignación de los obreros, serené la desesperación de Gregor. El secreto para no contagiarme de su agresividad fue inspirar profundamente, espirar un par de veces y saber que la violencia sólo genera más violencia. De modo que les recordé la importancia de dialogar, salvo cuando intentas entrar en Internet y el ordenador se pone cabezón: Read Error 777 No me sale de los huevos conectarme.

     

    Me gustaría que al llegar a este párrafo, después de la línea anterior, se os haya dibujado una sonrisa. Frecuentemente un hombre tiene una discusión durante el desayuno con su mujer, que es profesora, y la profesora pierde los nervios con sus alumnos esa mañana, y los alumnos vuelven a sus casas cabreados y hacen rabiar a su hermano pequeño durante la comida, y el llanto del hermano pequeño termina desquiciando al padre, que es jefe de una empresa y por la tarde abronca a un empleado, que vuelve a casa y tiene una discusión con su mujer.

     

                 Pero también es posible que tú rompas la espiral de negatividad. A veces, cuando el ordenador no se conecta, sucede simplemente que estaba demasiado caliente. Basta apagarlo un rato para que el ventilador se enfríe y luego, al encenderlo, vuelva a funcionar. El ordenador es capaz de hacerlo, nosotros también. Podemos haber tenido un mal día, pero proponernos calmarnos y hacer sonreír a los demás. Una sonrisa es importante. Tu sonrisa lo es. ¿O no os pasa? A mí me ocurre a menudo, que me cruzo en el metro con una sonrisa y, de pronto, me siento mejor; entonces le cedo el asiento a una mujer embarazada y ella me da las gracias con otra sonrisa y tal vez, al acariciarse el vientre, un bebé esté aprendiendo a sonreír.
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